por Estuardo Zapeta
Siglo Veintiuno (12 jun 09)
La crítica del Movimiento Indígena al Estado, guatemalteco en nuestro caso, es que éste ha sido excluyente, racista, centralista, y que con base en esas características —además de su sistema de Justicia monista— ha servido para garantizar privilegios y protecciones a grupos de poder que tienen su mejor representación en el sistema de partidos políticos, en la dizque propiedad privada, y que buscan seguir una relación de explotador-explotado como sistema económico. (Lo sé, esto suena como el regreso a aquellos oscuros años del conflicto armado, y a la discursividad fosilizada, muy lejos de la dinámica global, pero, nos guste o no, esa es la crítica poco evolucionada, porque, debe admitirlo, tampoco el Estado, en sus versión latinoamericana, ha evolucionado).
Sin embargo, me parece una sonora contradicción que cuando propongo el tema de Autonomía Indígena todos mis interlocutores indígenas, con quienes me gustaría tener un debate en esta línea, me acusen de separatista y balcanizador, desestabilizador, y también de racismo por antirracismo.
El problema fundamental para los líderes indígenas al rechazar de entrada el argumento de la Autonomía Indígena está en que muchos fueron formados dentro de las filas de la ex guerrilla, o dentro de un marxismo light, y por lo tanto jamás aceptarían un Estado no unitario que les impida el control central, clave de su persecución del poder en la otrora lucha de clases, y por lo tanto la repartición y redistribución —esa palabreja surge con frecuencia— en la solidificación, pero de ellos, en el poder.
Autonomía significa ceder poder y recursos centralizados.
De hecho, las clases tienen sentido sólo en el contexto del Estado monista, no en un Estado que refleje una Nación diversa que pueda coexistir dentro del imaginario Guatemala, y que localmente pueda tomar decisiones para puntualizadas colectividades sin tener que recurrir “al centralismo racista, excluyente, ¡ah! sí, y también monista”, y el rosario de adjetivos que mucho de los cuales comparto.
Para mí, hasta hoy, el argumento indígena contra el Estado es sólo una protesta que se basa en una ideología que ha probado estar equivocada, y que ante la prueba de la Autonomía —una especie de prueba de ácido— se cae.
El otro proceso de cambio sería una revolución, pero a eso —y correctamente—renunciaron tanto el Movimiento Indígena, como la ex guerrilla, así como los mismos entes militares que soñaban alcanzar el poder por esos medios arcaicos y poco aconsejables, como el golpe de Estado.
Entonces propongo repensar el Estado guatemalteco en Autonomías Indígenas, vaya pues, no les digamos indígenas sino Regionales, sin un ente central y racista, en el cual las comunidades de manera independiente tomen sus decisiones aún de aplicación de Justicia, sea pertinentemente cultural, autosostenible, y que se reinvente a sí mismo sin centro.
Los primeros en oponerse son mis líderes indígenas; le siguen los izquierdistas estatistas y centralistas, y de la mano con esos dos, no se ría, los derechistas librecambistas y mercantilistas que también usan el Estado central para privilegios y protecciones, y maman de esa vaca central.
Quién lo creería, ¿verdad?
12 junio 2009
Autonomía Indígena
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